Analizan el grave impacto de las «fake news» en la democracia

MIAMI.- Desde los primeros años del presente siglo, los gobiernos que se alinearon con el denominado “socialismo del siglo XXI” abrieron una guerra frontal contra los periodistas y editores de los medios de comunicación social.

De acuerdo con especialistas en este tema, el propósito era sustituirlos como “forjadores y articuladores de la opinión pública”, mediante un conjunto de leyes que favorecía a un sistema de propaganda orientado a debilitar la función de la prensa independiente, los partidos y la misma sociedad.

En ese ámbito, las fake news o “noticias falsas” han jugado un papel fundamental en el empeño de algunos gobernantes malintencionados que buscan engañar, inducir al error, manipular decisiones personales, desprestigiar o enaltecer a una institución, entidad o persona o, incluso, obtener ganancias económicas o beneficio político.

Los casos que más se ajustan a la concepción de este fenómeno, que se desenvuelve en el terreno de la “desinformación”, se han dado principalmente en países como Cuba, Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Argentina, en donde sus gobernantes, antes y hoy, protagonizan una guerra frontal contra periodistas y editores de medios de prensa.

Es por eso que el IV Diálogo Presidencial de la Iniciativa Democrática de España y las Américas (IDEA), bajo el título Fake News: ¿Amenazan a la democracia?, se propone abrir un espacio para el análisis de este tema y, de igual forma, sentar las bases para la formulación de una serie de acciones que se convierten en un “llamado urgente” para revisar a fondo decenas de episodios de esa naturaleza.

Esa misión la cumplen anualmente, por estos días, una serie de expresidentes de Hispanoamérica, todos ellos de diferentes nacionalidades y concepciones ideológicas, pero conscientes de que solo a través de la democracia y sus libertades se puede regir el destino de pueblos y naciones.

Las acciones

El secretario general del Grupo IDEA, el conocido catedrático Asdrúbal Aguiar, tiene claro que los principios de la libertad de expresión en la era digital, a la luz de la Declaración de Chapultepec de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), y otra que la complementa, muestran el camino para hacerle frente a un fenómeno que se ha diseminado por todo el mundo.

Aguiar considera -conforme al documento suscrito en Salta, Argentina- que “el ecosistema digital ha generado nuevos espacios que empoderan a los usuarios para crear, difundir y compartir información [y que] todo ello contribuye a alcanzar las aspiraciones de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, para que la libertad de expresión se ejerza sin limitación de fronteras y exenta de amenazas y violencia”.

Pero, acto seguido, advierte -como está plasmado en la citada declaración- que “la diseminación maliciosa o deliberada de desinformación por parte de actores estatales o privados puede afectar la confianza pública. La desinformación no se debe combatir con mecanismos de censura ni sanciones penales, sino con la adopción de políticas de alfabetización noticiosa y digital”.

Más adelante, el exministro venezolano apunta que los intermediarios tecnológicos deben adoptar “medidas de autorregulación” para prevenir la diseminación deliberada de desinformación, y menciona como ejemplo a Google y a otros motores de búsqueda y redes sociales.

Para Aguiar, las fakes news son construidas de manera irreal y adquieren el formato del “periodismo tradicional”, con una un fin predefinido: “Pretenden alcanzar el asentimiento o la aprobación general del público, siendo mentira, para que éste, mediante el consenso, las transforme en verdades”.

El nazismo y el fascismo durante la Segunda Gran Guerra Mundial -rememora Aguiar- se afirman sobre el “régimen de la mentira”, situación que “un prestigioso profesor italiano, Piero Calamandrei, describe como ‘corrupción y degeneración en los regímenes políticos’”, agrega.

Según Aguiar, quien también fue miembro de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, este escenario tiene por premisa que “la mentira es el instrumento normal y fisiológico del Gobierno, al punto que la legalidad se simula, y ocurre su adulteración”. Es “el engaño legalmente organizado de la legalidad”, subraya.

Aguiar no vacila al subrayar que la Carta Democrática Interamericana “prescribe la transparencia”, es decir, “la realidad públicamente ventilada sobre las cuestiones que interesan a todos y forman a la cosa pública, como uno de sus estándares”.

Y agrega: “La mentira, de suyo conspira contra toda elección informada y competitiva”.

Postdemocracia y postverdad

Ese escenario cada vez más convulsionado se desarrolla -de acuerdo con Aguiar- a la luz de dos neologismos que se abren espacio sobre las autopistas digitales: la posdemocracia y la posverdad.

Sobre la primera, apunta que en su libro Calidad de la democracia y expansión de los Derechos Humanos (MDC, 2018), refiere que la posdemocracia es un “antimodelo o modelo de corte neofascista” que “diluye el entramado institucional y lo pone al servicio de líderes providenciales”, que tienen una relación “directa y paternal con el pueblo auxiliados por el mismo tejido mediático de la globalización”.

En este contexto, opina que los gobernantes del siglo XXI, “como lo fuera hasta hace poco Silvio Berlusconi, en Italia”, ejercen sus funciones “más como periodistas” cuando logran “reducir o someter a los medios de comunicación social” en su empeño de “imponer sus verdades”, algo que hacen “lejos de todo debate o escrutinio colectivo”.

En relación con la postverdad, como un concepto que se alinea con la postdemocracia, ocurre -desde la óptica de Aguiar- “algo más insidioso”, y para emitir un juicio se ampara en el libro El futuro tiene su historia (2019), del reconocido político y economista venezolano Henrique Salas Römer.

Aguiar pone de relieve que hay quienes no miran la realidad actual bajo los estándares de la “confrontación sana de opiniones” antes de trasladarla a conocimiento del público, como es propio de la prensa libre.

Antes bien –explica-, se trata de la narrativa que “falsifica la realidad con fines aviesos o de competencia por el poder”, apelando “a los símbolos o sensaciones mineralizadas en la gente y que al multiplicársela a través de las redes deriva en dogma de fe, asumido no por pocos sino por centenares de miles de internautas feligreses”.

En otras palabras –advierte-, la mentira termina convertida en “verdad” o “realidad virtual” desde que recibe su “santificación por la ciudadanía digital, y quien así lo logra obtiene la victoria, incluso fugaz”.

Un ejemplo

El también abogado y analista político cita como ejemplo la realidad que se conoce en la región sobre el régimen que impera en Venezuela, encabezado por el usurpador Nicolás Maduro, que se nutre de la corrupción, el narcotráfico y el terrorismo, “a la manera de un holding gestionado desde Cuba”.

Mientras tanto, los países europeos, con algunas excepciones –dice-, insisten en que en el país petrolero “ocurre otra cosa”, una especie de “controversia entre políticos por deficiencias democráticas que han de resolverse electoralmente, con asistencia internacional”.

Aguiar observa que hoy estamos en presencia de un “círculo vicioso de desinformación”, obra de lo que denomina un “periodismo silvestre, sin editores”.

Finalmente, dice que “quienes reciben la información, la producen y circulan expandiendo la participación democrática, desafiando al poder arbitrario. Otros, a través de bots, promueven con mayor éxito las ‘fake news’, y destruyen a la confianza, el tejido social y las alternativas políticas”.

DLA @danielcastrope

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